Martin Scorsese: innovador disruptivo

Recuerdo cuando vi Los infiltrados por primera vez. Hace 8 años, cuando mi conocimiento del cine se limitaba a reconocer actores conocidos en pantalla, era para mí de carácter imprescindible ver una película donde actuaban Leonardo Di Caprio, y Jack “Soydemasiadoimpresionanteentodoloquehago” Nicholson. Después de 151 minutos gloriosos y ver su nombre en pantalla, decidí que Martin Scorsese era mi director favorito.

Actualmente, después de haber visto más películas que lo que una persona con sanidad mental debería ver, mi decisión no ha cambiado, pero en en la lista de mis 5 películas favoritas no está ninguna de Scorsese. Realmente me preguntaba cómo, después de tenerle más apego y admiración a filmes de otros directores, Martin seguía siendo el favorito. No necesité darle muchas vueltas a la cuestión para darme cuenta que mi preferencia por el neoyorkino no radicaba en una película específica, sino en un factor todavía más impresionante: Martin Scorsese no sólo tiene una de las filmografías más eclécticas en contenido que existen, sino también ha mantenido una calidad difícil de igualar. Eso es innovación.

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Geoffrey West, físico teórico —y portador del acento británico más británico de todos los británicos—, explica un principio universal de toda organización (esto aplica para empresas, ciudades e incluso seres individuales): todos tenemos el potencial para crecer, pero mientras más rápido crezcamos, más propensos somos a caer y colapsar; y es que todos colapsaremos en algún momento (Apple va a morir algún día, Walmart también y añoro el día en que Telmex no despierte) pero para evitar el colapso se puede hacer un cambio radical y repentino que le dará fuerza a la compañía:

Innovación disruptiva.

Cada vez que una organización esté tendiendo a colapsar es necesario que innove radicalmente para seguir viviendo, esto causa un ciclo de innovación continua. El gancho radica en que la innovación cada vez debe presentarse en tiempos más cortos en el proceso, es decir: por cada innovación que logremos exitosamente, tendremos que acelerar el ciclo para la siguiente.

Hace todavía 10 años, Scorsese era conocido para el público en general como “el tipo que hace las películas de mafia”; si bien eso era cierto, ya que Goodfellas, Casino y Los infiltrados son estándares en cultura popular, el hombre había hecho una cantidad tremenda de películas de géneros tan diferentes como los diseños de las uñas de Niurka. El director ya se caracterizaba por no temerle a ninguna clase de convencionalismo cinematográfico, rompiendo paradigmas en cualquier escenario: ya sea retratando la vida de un hombre que cae a la demencia con desgracia escalable en Taxi Driver, la violenta vida del boxeador Jake LaMotta en Toro Salvaje, o haciendo enfurecer a miles de cristianos con su interpretación personal bíblica en La Última Tentación de Cristo, Scorsese entraba y desaparecía entre géneros con una facilidad que es tan envidiable como admirable. Sin embargo, a sus 64 años, después de haber ganado su primer Oscar por Los Infiltrados, algo cambió.

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Siguiendo el principio de West, Scorsese le dio una vuelta total a su carrera en un momento de gran auge. A pesar del éxito crítico conseguido, Marty decidió aplicar innovación disruptiva a su carrera; aquí llegamos al foco de la tesis: ¿Cómo aplicar innovación sobre una carrera ya llena de innovación?

De una manera parecida a la estrategia que empezó a aplicar Apple en el 2000 de rediseño estratégico, Scorsese decidió hacer algo sexy e intrigante. Su siguiente filme fue Shutter Island, una película de misterio diseñada para darle entretenimiento inteligente a su espectador; por primera vez en mucho tiempo, vimos a un Martin Scorsese enfocado a divertir y enganchar a las masas, los números no mienten, ingresando casi 300 millones de dólares, Shutter se convirtió en la película más taquillera de su carrera.

Continuando la tendencia innovadora; Scorsese dirigió Hugo, una carta de amor al cine disfrazada como una aventura para niños en 3D. Rompiendo con paradigmas de uso de la tecnología digital, Hugo encantó corazones cinéfilos. El hombre no paró ahí: en el 2013 nos trajo la película más frenética que alguna vez ha sido dirigida por un setentero, El Lobo de Wall Street es una obra maximalista que parece escrita, dirigida y actuada bajo los efectos de las mismas drogas que su personaje principal consume; El Lobo es un gran ejemplo de los beneficios de la innovación disruptiva, el filme ganó 400 millones de dólares, superando el récord de la película más taquillera de la filmografía del director.

Seguido me preguntan si la edad es un límite para el potencial de la innovación. Scorsese me empuja a argumentar que esto es un mito, mientras tengas una mente lúcida y fuerza de voluntad, el fracaso es evitable. El éxito no es un evento único, citando a Richard St. John: “el éxito es un viaje continuo”.

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